miércoles, 7 de abril de 2010

La máscara de las palabras

Cuando las tardes de verano las pasábamos tirados en la leira, la abuela Carmen nos decía, con retranca, que estábamos folgados. En gallego, leira no es ni una huerta ni un jardín; es algo diferente para lo que llevo tiempo buscando traducción sin resultado. La segunda palabra, folgados, que la madre de mi madre pronunciaba con espesa gheada galaica, nos causaba gracia a mi hermana, mis primos y a mí. Pensábamos que la abuela se había inventado un idioma. Jamás habíamos escuchado tal cosa a ninguno de los profesores que en la escuela nos enseñaban el gallego normativo u oficial. Descubrimos después que se trataba de una cuestión de precisión. Folgado significa desocupado, pero dicho con ironía, como hacía la abuela, era otra cosa, algo más que no tener nada que hacer.

Con esa misma precisión verbal me diagnosticó el médico a los diez años una rinitis, y, aunque por los síntomas y el tratamiento pudiera parecerlo, no es una alergia. Y en la universidad o en el periódico me he encontrado con sentencias y otros escritos judiciales, auténticos trabalenguas, que los juristas redactan de forma barroca porque así como no es lo mismo rosita que rosa claro, no da igual decir "derecho a" que "libertad de". Y los economista distinguen con cuidado detalle entre beneficio e ingreso, que tampoco son la misma cosa.

La abuela, el médico, el abogado y el economista utilizan quisquillosos vocabularios con un carácter totalmente funcional, para que los nietos, los clientes o quien quiera que se cruce con ellos les entienda.

En el periodismo hay de todo. Algunos columnistas, por ejemplo, imitan el tono del madrileño de toda la vida o del viejo hombre de Castilla o del cainita exaltado. En la prensa de Galicia los hay que se empeñan en imitar las voces enxebres –que significa algo así como propio, autóctono, puro– para sumar puntos en su carnet de galleguidad. Estos escritores suelen reproducir el léxico de cualquier clase social, bien urbana bien rural, y en definitiva del ciudadano de a pie. Es un buen punto de equilibrio entre el uso estético y el pragmático de la palabra: da a la columna estilo e incluso parece que su autor ha bajado de su torre de marfil, está apegado a la calle y forma parte de la masa.

La masa, que por concreción llamamos audiencia o lectores u oyentes –escuchantes dicen algunos de forma muy, muy precisa–, suele preferir esos escritores "cercanos" y neocostumbristas antes que los que se hacen la pluma un lío intentando dárselas de jurista, economista o "experto en". Luego están los tremendamente literarios, y la gente suele decir de ellos que escriben muy bien, aunque no tenga ni pajolera idea de lo que dicen en sus artículos.

Al disfrazar el discurso con palabras perdidas y verbos excesivamente bellos corremos el riesgo de convertirnos en escritores de frases bonitas. Lo que queremos, o deberíamos desear, es tener algo que contar y saberlo contar.

2 comentarios:

Curro dijo...

Totalmente de acuerdo si lo dices para los periodistas. Pero en literatura yo busco algo más que una historia. Me gusta encontrarme estilos diferentes y... ¿por qué no? lidiar con los estilos barrocos como tú dices.

Magnífico post.

Moncho Veloso dijo...

Ya, pero si no hay historia, ¿qué nos queda? ¿Palabras, en principio, bonitas?

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